Su matrimonio estaba al punto del divorcio, pero esta pregunta lo cambió TODO


¿Has considerado separarte de tu pareja definitivamente? El divorcio es un proceso muy doloroso para ambas partes, pero en algunos casos el amor puede triunfar, y hoy queremos compartirte una de las claves para lograrlo. 

No importa si eres hombre o mujer, en ambos casos llega un momento en que decidimos compartir la vida con alguien, y en ese camino puede haber grandes emociones y, por supuesto, grandes tropiezos. Para el famoso escritor Richard Paul Evans esa es una experiencia bien conocida. Sus libros son de los más leídos en el mundo, y a pesar de estar en la cima del éxito profesional su matrimonio se caía a pedazos.


Hoy la historia es muy diferente, pero lo que él hizo seguro te llenará de inspiración, pues todo se reduce a una sencilla pregunta que, respaldada por voluntad, marcará la diferencia. Esto fue lo que ocurrió...




Hace algunos meses el escritor se encontraba de gira en la promoción de su libro más reciente. Era una de esas ocasiones en las que pasa largas temporadas lejos de su familia. Así, con varios años en el negocio, su relación de pareja se enfrió y el poco tiempo que pasaba al lado de su esposa se perdía en discusiones, muchas de ellas sin sentido. Las peleas eran prácticamente el pan de cada día, parecía que él y su esposa Keri no tenían nada en común, hasta que una revelación le dio la respuesta que por tanto tiempo buscó. 

Aun a kilómetros de distancia, el teléfono fue un medio perfecto para discutir y mencionar el tema del divorcio. Richard no se explicaba qué los había llevado al matrimonio si ahora parecían dos extraños compartiendo el mismo techo. Se sentía frustrado, enojado con su esposa y con él mismo, pero sabía que el divorcio era algo que antes jamás había pasado por su mente. 

En ese momento clamó a Dios, gritó en la ducha mientras las lágrimas se mezclaban con el agua que caía en su rostro. Odiaba la idea del divorcio pero sabía que una vida llena de peleas y problemas sólo los haría más desdichados. 


Luego de llorar unos minutos y desahogar todo lo que guardaba en su corazón, hubo un momento de paz y una gran idea apareció en su mente: no podía cambiar a su esposa, pero él sí podía cambiar. El escritor comenta que oró toda la noche y mencionaba una y otra vez: “Señor, sé que no puedo cambiarla, pero te pido que me cambies a mí”. Richard no dejó de rezar en el vuelo ni en el camino a casa; había decretado que su matrimonio merecía otra oportunidad. 

Esa misma noche, mientras su esposa dormía de espaldas a él, una nueva frase apareció en su mente. Esa era la pregunta que podía cambiarlo todo…

A la mañana siguiente, mientras su esposa se lavaba los dientes, antes de preparar a los niños para el colegio, Richard despertó, volteó hacia ella y le dijo: “¿Qué puedo hacer para mejorar tu día?”. Keri pensó que había escuchado mal; seguía molesta por la pelea del día anterior, y le pidió que repitiera lo que había dicho. Cuando Richard volvió a hacer la importante pregunta, la mujer se molestó y le respondió que no podía hacer nada y que para qué le preguntaba, pero él insistió en que hablaba muy en serio y quería hacer las cosas bien, por lo que deseaba saber qué podía hacer al respecto. 

Ella le pidió que limpiara la cocina. Pensó que él se enfadaría pero no fue así. Se puso ropa cómoda, sandalias, y con toda la calma del mundo fue a hacer lo que su esposa le pidió. Cada día le preguntaba lo mismo y ella siempre tenía una tarea para él, pero su semblante iba cambiando. Los primeros días Keri se veía molesta, después cansada; otras veces parecía que iba a decir algo pero guardaba sus palabras. Había días en que Richard quería discutir pero se aguantaba, porque sentía que su matrimonio era más importante; y si ella le preguntaba por qué hacía esto, le decía que porque ella le importaba, que tenía un compromiso y lo quería cumplir. 


Dos semanas después de preguntar esto diariamente ella rompió en llanto. Richard pensó que diría algo horrible, pero cuando por fin las palabras pudieron salir de su boca, Keri pronunció lo siguiente: “Por favor, deja de preguntarme eso. Tú no eres el problema, soy yo; es difícil vivir conmigo y no sé por qué sigues a mi lado”. 

Richard le explicó que todo era porque la amaba y volvió a hacer la pregunta que ya se había convertido en un hábito. Ambos se dijeron que se amaban y ella le pidió pasar un tiempo juntos. Un mes después de seguir así las cosas cambiaron, no había peleas ni gritos y Keri empezó a hacer la misma pregunta a su esposo.

En ese momento todos los obstáculos desaparecieron, platicaban mucho sobre sus sueños, las expectativas que tenían como pareja y como individuos; decidieron hacerse felices uno al otro. De vez en cuando aparecían algunas diferencias, pero sus discusiones eran de otro tipo, se esforzaban por escuchar y entenderse uno al otro, elaboraban acuerdos y las cosas se solucionaban fácilmente, habían decidido jamás volver a lastimarse. 


Hoy Keri y Richard han celebrado 30 años de matrimonio y él ha expresado lo siguiente con quien comparte su historia: “Tener una pareja de vida es un hermoso regalo. También he aprendido que el matrimonio puede ayudarnos a sanar de nuestras partes más desagradables. Y todos tenemos partes desagradables”.

Cómo ves, el matrimonio no es sólo sentir amor por la otra persona; es amarte a ti mismo y poner todo de tu parte para verle feliz, sólo así él o ella podrá corresponderte. Compartir la vida es una decisión que contempla varios aspectos y cuando ambos deciden darlo todo por su relación, el amor es lo que prevalece. ¿Tú sabes qué puedes hacer para mejorar el día de tu pareja? 

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