Escuchó algo raro en el baño, cuando miró más de cerca tuvo que intervenir en el abuso…


¿Cuántas veces hemos tenido oportunidad de ayudar a otros y nos hacemos a un lado? Ayudar al prójimo es una de las enseñanzas más grandes que Dios nos ha dejado. Sin embargo, por seguir en la comodidad de nuestra realidad ignoramos a quienes necesitan apoyo. Y no me refiero a lo económico; simplemente un gesto amable o una sonrisa sincera hacen la diferencia entre un día pésimo y uno lleno de alegría. 

Hoy quiero compartirte una historia que muestra el noble gesto de un joven, quien al ser testigo de un terrible abuso intervino e hizo la diferencia. Porque las pequeñas acciones cotidianas pueden convertirnos en mejores personas.


John Russell es un hombre soltero, de 30 años. Vive solo y uno de sus pasatiempos favoritos es ir al gimnasio; tiene la idea de que para tener la mente sana debe gozar de excelente salud física. La cocina no es lo suyo, por lo que prefiere comer en un restaurante, para completar su rutina con una sana alimentación. Además, prefiere gastar un poco antes que hacer arder la estufa. 




Una tarde estaba deseoso de llegar a su restaurante favorito; sabía que en el menú estaba la sopa de verduras que tanto le gusta, pero nunca imaginó que unos adolescentes le arruinarían el momento…

John se sentó cerca de la ventana y ordenó su comida. En el lugar habían varias mesas ocupadas, así que las voces de personas que platicaban y una que otra carcajada fueron parte del menú. Después de unos minutos llegó su sopa, pero cuando quiso probarla lo interrumpió la risa de unos jóvenes. Vio a su alrededor y se dio cuenta de que el ruido no provenía de las mesas, pero el escándalo era exagerado. 


Empezó a comer, como si nada pasara, pero era como tener esos molestos ruidos a unos centímetros. Se dio cuenta de que el alboroto venía del baño, y aunque trató de guardar la calma, fue a ver qué pasaba. 

Al entrar al sanitario quedó asombrado, no podía creer lo que vio: dos adolescentes se morían de risa porque un pobre anciano no se podía parar del inodoro, al parecer se había atascado. Los jóvenes en lugar de ayudarlo se burlaban cruelmente, sus risas llenas de maldad inundaban el ambiente. 

John sintió que las manos le temblaban, tenía un coraje extraordinario, y por un momento pensó en tomar a ese par y darle una lección. 


A pesar de su porte rudo y musculoso se mantuvo calmado. Los chicos no sólo ofendían al anciano con sus risas, también le decían que se apurara, que si no podía levantarse, y golpeaban la puerta mientras él suplicaba que lo ayudaran. 

Se acercó John y le dijo: ‘‘¿Qué ocurre?’’. El señor, muy avergonzado, agachó la cabeza y respondió: ‘‘No puedo ponerme de pie, no tengo fuerzas para hacerlo, necesito mi bastón pero lo olvidé en la mesa’’. 


John ni siquiera lo pensó. Le indicó que pusiera las manos sobre los hombros de él, y tomándolo de la cintura lo ayudó a levantarse. Luego le subió el pantalón y le abrochó el cinturón. El anciano le dijo: ‘‘No tienes que hacerlo, muchacho, sólo puedes traerme el bastón’’. John le dijo que todo estaba bien, que no se preocupara, y le dio un abrazo. 

El acto de bondad provocó que el hombre derramara unas lágrimas; estaba profundamente agradecido. John esperó a que se lavará las manos y lo acompañó a su mesa. Pero las cosas no quedaron ahí. El joven de 1.80 de estatura regresó al baño, tomó a los muchachos por las sudaderas y los puso contra la pared. Realmente molesto les dijo: ‘‘Escúchenme bien: van a ir con ese hombre y le ofrecerán una disculpa, o terminarán aplastados por este par de puños’’. Los muchachos apenas podían hablar;  sudorosos y tartamudeando respondieron que sí. 


Finalmente salieron corriendo y John pudo disfrutar su comida, al sentir la satisfacción de haber hecho lo correcto.

Es triste ver que los jóvenes carezcan de valores y tengan tan poca compasión de su prójimo, pero por fortuna aún existen hombres como John, que tienen el valor de actuar y hacer la diferencia. Por supuesto que ignorar es más sencillo, así como esperar a que “otro lo haga”, pero si nos quedamos de brazos cruzados también somos cómplices.

No nos cuesta nada ayudar; intervenir por el bien de otros es necesario, porque eso dice mucho de nuestra educación, formación y valores.

Y tú, ¿qué hubieras hecho en el lugar de John?

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